jueves, 10 de mayo de 2012

Guerreros del Ocaso - Epilogo a la Primera Parte

Historial del libro:
Introduccion
Capitulo 01
Capitulo 02
Capitulo 03
Capitulo 04
Capitulo 05
Capitulo 06
Capitulo 07


Ha pasado tiempo, pero volvemos la carga con la continuación de esta novela de fantasía épica.
En esta ocasión, presento el epílogo con el que cierra la primera de las tres partes del libro y comienza la segunda.


EPILOGO A LA PRIMERA PARTE.

PROLOGO A GHULDRA

LOS DOS ÚLTIMOS DIOSES.

            En la oscuridad sonó una leve carcajada desprovista de alegría.

-- Se acabó –dijo una voz, la que se había reído-. Finalmente has perdido.
-- No ha sido sin duda por tu poder, ni por tu forma de usarlo.

            La segunda voz era suave, susurrante, y terriblemente sarcástica.

-- Tienes razón en eso, pero no soy yo el orgulloso –contestó la primera voz, grave y serena-. Me basta con saber que después de todos estos siglos, ha merecido la pena quedarse aquí.
-- Bah. Intentas convencerte de que tu presencia ha valido de algo.
-- Y así ha sido. ¿Te atreves a negarlo?
-- No, no, su magnánima deidad –croó la voz, irónica-. Sin duda has sabido despertar muy bien al niño cuando ella estaba en problemas. Casi llegaste tarde alguna vez, pero un dios no puede estar atento siempre, ¿no es así?
-- No sé a qué te refieres –exclamó la voz, perdiendo momentáneamente el control-. Los he ayudado, igual que a todos los anteriores, y al fin han pasado la última prueba.
-- Pero no ha sido por ti. Debes admitir eso. No se puede influir en el corazón de un mortal. Esa es la regla. Nos sirven o no, pero no se los obliga. ¿Acaso lo has olvidado?
-- ¿Dónde quieres ir a parar?

            La susurrante voz rió levemente antes de hablar.

-- Lo han conseguido. Después de más de sesenta años alguien ha rescatado el arma de este mundo muerto para llevarla a Ghuldra, y no puedes admitir que al final, no ha sido por tu intervención. Las ayudas en los momentos difíciles, sacarlos del sueño en el último instante, darles un último soplo de vida antes de hundirlos en el agua... todo eso ha pasado decenas de veces, Duobohr. Yo no podía hacer mucho, como comprenderás. Sólo tratar de pillarte desprevenido alguna vez. ¿Sabes por qué no me preocupaba? ¿Sabes por qué descansaba cuando quería, y te dejaba actuar libremente? –La voz se hizo más susurrante, y habló en un tono más bajo-. ¡Porque eran míos! Puedes salvar sus vidas, estúpido hermano, pero sus corazones son míos. Siempre lo han sido hasta ahora –soltó una carcajada antes de continuar-. De nada te servían tus desvelos, de nada vigilarme continuamente para saber dónde iba a actuar. Todo era un juego, y todos y cada uno de ellos, cayeron antes o después en la auténtica trampa. La ambición es algo arraigado en el arma mortal. El oro encantado no fue idea mía, sino de ellos, los esbirros de ese estúpido mago. ¿No te resulta encantadoramente irónico que nuestra presencia aquí no haya, a fin de cuentas, servido para nada, salvo para entretenernos?
-- Te he mantenido a raya –sentenció firme la primera voz-. Y he ayudado a estos últimos para que consigan su propósito.
-- No, Duobohr. Has jugado conmigo... y con más de cien peones de ajedrez. En cuanto a lo segundo, te repito que no has tenido nada que ver en que consiguieran “su propósito” –dijo estas últimas palabras con una burda imitación del tono que había usado el otro dios-. Ella era especial. La piedra lo dijo, y tenía razón. Algo en su interior... Y es curioso, porque cuando la vi por primera vez llegar a este mundo, cuando supe lo que pensaba, lo que sentía, estuve seguro de que ella sería mía también. Su interior es un caos. Supongo que eso es lo que la ha hecho imprevisible.

            La voz grave guardó un prolongado mutismo, y la sarcástica también. En el aire volvió a hacerse el tan conocido silencio. Finalmente, el primero volvió a tomar la palabra.

-- Me preocupa otra cosa.
-- ¿A ti, oh deidad?, ¿qué podría ser?
-- La roca habló demasiado. Les dijo Su Nombre.
-- ¿Te refieres a aquella exclamación? ¡Ja!
-- Tiendes a dejar de lado asuntos importantes, Thálbhar –le recriminó la voz grave-. Podrían hablar en Ghuldra.
-- Sabes perfectamente que no estaban preparados para conocer de Él –le quitó importancia al asunto con voz susurrante-. Sin duda ya habrán olvidado Su Nombre. Es más, es posible que ni siquiera lo oyeran cuando la piedra lo mencionó.
-- En caso contrario, sin duda te daría igual, ¿no es así? Me pregunto si no debería ir a Ghuldra para asegurarme de que guardan silencio.

            El aire se llenó de carcajadas, tan agudas y gélidas como esquirlas de hielo.

-- ¿Pero que oyen mis oídos? ¿Tú, violando las reglas del mismísimo Uglion? Y yo que me tenía por un dios negro. Sabes perfectamente que el panteón de Ghuldra está completo, y aunque aquellos malditos pusilánimes se mantengan al margen de su historia, eso no significa que no se unieran contra ti en cuanto asomases tu divina nariz. Además, ¿qué ibas a hacer si llegara el caso?, ¿matarlos? Dubohr, la historia ha escapado de tus manos, y también de las mías. Lo que ocurra ahora será asunto de los habitantes de aquel mundo.
-- Quizá te equivoques –le respondió la otra voz-. Esta batalla podría tener muchas más implicaciones de las que piensas. Tanto si vence el hechicero, como si son los magos blancos. En cualquier caso, el paso entre los mundos quedará restablecido para los mortales.
-- Pero igualmente limitado por las reglas naturales. ¡Me encantaría que esto estallase! –la voz susurrante se había vuelto por un segundo vehemente- Ya lo sabes, pero me temo que todo esto no será más que otra chispa de la fragua que muere al llegar al frío suelo. No sé que harás tú, pero creo que yo voy a dar un largo paseo. Mil años de estancia son muy poco para sólo medio siglo de diversión. El Hacedor no se detiene, y ha tenido mucho tiempo. Sin duda alguna, los nuevos mundos serán más interesantes que los antiguos. Este debió morir hace mucho tiempo. Ya es hora de que eso ocurra.
-- En ello convengo, Thálbhar. Los demás dioses se fueron hace demasiado tiempo. Ahora que el arma ha llegado a Ghuldra, Rahoman no tardará en destruir todo este palacio, y acabar con sus criaturas, otra muestra más de que el mal siempre se vuelve contra sí mismo.
-- Sólo los idiotas escarban bajo sus propios pies –siseó la voz-. Quizá no me has oído llamar estúpido antes al hechicero. No ha sido por ayudarlo por lo que he estado aquí novecientos años, te lo aseguro.
-- Tampoco lo has perjudicado.
-- Bah, me he divertido. Y ahora me iré. Es hora de empezar algo en serio en otro lugar. Dentro de muy poco, como has dicho, aquí no quedará nada más que desierto.
-- El desierto eterno. Así lo llamaban los mortales que viajaron aquí cuando podían. Creo que también yo me marcho. Al igual que tú, tengo curiosidad por saber en qué ha empleado el tiempo el Grande. Dejemos que este mundo haga finalmente honor a su nombre.
-- Sí. Por cierto, Dubohr, he de admitir que me has ganado por la mano en un asunto. No creas que no me di cuenta, aunque fue demasiado tarde para que pudiera hacer nada. Debí haber supuesto que un dios blando como tú les ayudaría hasta el último momento.
-- ¿Te refieres a lo del túnel de luz? No podrías haber hecho nada de ninguna manera. Además, la piedra ya lo había dicho. No podía dejar que los tuyos tuvieran una ventaja excesiva allá en Ghuldra.
-- Los míos allá en Ghuldra –afirmó con otra imitación de la voz grave de Dubohr-, no moverían un dedo aunque Uglion les ayudara con su poderosa mano. Pero, bien pensado, tu acción hará de contrapeso a la ventaja de Rahoman, aunque a pesar de ello no baste para salvarlos.
-- Eso, como muy bien has dicho, ya no depende de nosotros.
-- Si. Bueno, es hora de partir. Quizá nos volvamos a enfrentar algún día –siseó la voz.
-- Tal vez. La eternidad es muy larga. Podríamos ser llamados a un mismo mundo.
-- Así es, pero no lo desees, hermano. No lo desees.

            Cuando volvió el silencio, esta vez fue para siempre.

lunes, 3 de diciembre de 2007

Mundos Paralelos - Capítulo 3





MUNDOS PARALELOS


Capítulo 3 - Viaje a Numol






Medianoche, era una yegua magnífica. De brillante pelambre negra, mediano tamaño y temperamento dócil. Su ritmo era hipnótico, regular y marcaba el paso de manera plácida, bajo la guía de Eleanor. A su lado, Devin montaba un brioso alazán castaño, de gran tamaño y con una pincelada blanca en su frente. Sus movimientos eran, al contrario que los de la yegua, fogosos y difíciles de dominar. Dos años más joven que aquella, Zalagar encabezaba la marcha, deseoso de emprender de nuevo el trote. Sus patas pintadas como calcetines blancos, levantaban la tierra ante la fuerza de sus cascos.

Los altos y hermosos lantales de Nande iban abriéndoles el paso a medida que ellos se adentraban cada vez más en las profundidades de la ciudad. Cercanos a la frontera con Jerón, delgados afluentes de un río poco caudaloso, mojaba la incipiente y colorida vegetación que bebía de sus aguas. Miles de hojas diminutas se esparcían por doquier, yaciendo doradas, sobre las oscuras rocas lavadas.

Zalamar coceó inquieto el húmedo suelo y dilató su hollares.

-Eleanor, deberíamos detenernos unos instantes. Los caballos necesitan beber –propuso Devin refrenando firmemente las riendas de su briosa montura. Esta emitió un sonoro bufido en señal de protesta–. Tras cruzar el río, tendremos que ponerlos al galope si queremos llegar antes del anochecer a Numol.

Eleanor, detuvo a la yegua y suspiró con gesto preocupado. Miró con sus grandes ojos claros al muchacho, quien estaba absorto en el terreno que aún tenían que recorrer, tras el río. Al rato, Devin le devolvió la mirada.

-¿Qué ocurre?

El silencio de la joven fue su única respuesta.

Eleanor bajó la mirada al suelo y la clavó en una piedrecilla del camino. Un remolino de hojas mojadas la tapaban casi por completo. La duda y el miedo se arremolinaban desordenadamente en su interior, al igual que aquellas hojas caídas. El recuerdo de la visita del sanador a su casa y la conversación posterior que había mantenido con su padre en privado, no dejaban de acudir a su mente.

Damar le había hablado de la incapacidad de Junab para sanarla, y de la existencia de una extraña mujer, por la cual ella misma había decidido emprender este viaje. Sin embargo, ahora se sentía abatida y sin fuerzas, y no tenía esperanzas de que el malestar que sentía en su cuerpo tuviera curación.

-¿Crees que estamos haciendo lo correcto? –le preguntó en un murmullo, sin levantar la mirada.
Devin, desmontó de su caballo y se acercó a Eleanor.

-¿Por qué dices eso? –le preguntó palmeando cariñosamente el cuello de Medianoche. El animal bajó su musculoso cuello para recibir mejor las caricias. Elen jugueteó nerviosa con las riendas de la yegua.

-Ni siquiera un curandero ha podido sanarme y ahora vamos en pos de los remedios de una supuesta sacerdotisa.

El muchacho, posó delicadamente sus manos sobre las de Eleanor, antes de contestar, con lentitud.

-Seguro que lo es –dijo convencido Devin-. Digan lo que digan los rumores, no se puede curar el espíritu sólo con palabras. Eso es absurdo. La verdad será que se trata de una sacerdotisa que habrá dejado el Templo por alguna cuestión que ni nos incumbe. Lo importante –continuó-, es que nos reciba y te acepte para que pueda sanarte. Entonces nos iremos a casa, y si los dioses quieren, todo esto habrá sido tan sólo una oscura pesadilla.

-Los dioses... –repitió apesadumbrada-, seguramente son los responsables de mi mal. Todavía no sé en qué, pero es muy probable que los haya ofendido en algo y estos me hayan castigado por ello.

Devin, apretó más firmemente las manos de la muchacha, invitándola a que lo mirara. Cuando ésta así lo hizo, pudo ver cómo la sombra de unas lágrimas velaba sus ojos claros. El rostro marcadamente masculino del chico se desdibujaba ante ella, como una acuarela bajo la lluvia.
-Escúchame bien –El tono de Devin sonó firme y protector-. Aunque mis conocimientos no se extienden más allá de cómo hay que pescar y utilizar las redes, estoy casi seguro de que ningún dios se ha dignado a mirar hacia la tierra para perturbar tu alma.

Devin, esperanzado en que la supuesta sacerdotisa solucionara la afección de Eleanor, había apoyado en todo momento la valiente decisión de la joven sobre la necesidad de emprender aquel viaje. Y aunque veneraba a Yahel, como buena parte de los habitantes de las zonas costeras, tenía la impresión de que las divinidades no se inmiscuían en absoluto en la vida de las personas.

Damar se había visto obligado a aceptar la insistente petición de Devin, de acompañar a la muchacha hasta Numol. Aunque aquél se resistió a separarse de su hija, Devin le expuso con evidente lógica, los avatares a los que el duro viaje iba a someterlos. Su avanzada edad y las largas horas a lomos de los caballos, por no hablar de las obligaciones que lo encadenaban a la posada, hicieron ceder finalmente la voluntad del hombre. El joven, le aseguró, no obstante, que cuidaría de ella y que le mandaría noticias con asiduidad.

Eleanor suplicó para sí misma que las palabras del muchacho fuesen ciertas, y que algo de la seguridad que él demostraba, calmara sus temores. Muy a su pesar, las dudas surgían a pares.
-¿Por qué no? –inquirió insistente.

Un intermitente viento comenzó a levantarse filtrándose por entre la maleza. La humedad empezaba a impregnar las ropas de ambos, y el frescor de aquel recodo del camino pronto se convertiría en frío.

-Porque entonces –continuó Devin, retirando un mechó de cabellos rubios que caía sobre la cara de la muchacha y observando sus perfiladas facciones con detenimiento-, con sólo mirarte a los ojos, habría caído irremisiblemente en sus profundidades, presa de tu belleza y ternura...

Eleanor parpadeó sorprendida. Una chispa de excitación surgió repentinamente de la nada, encontrando un hueco hacia las recónditas profundidades de su alma, sin su consentimiento.

Devin calló unos instantes y ladeó la cabeza. Sus cabellos casi tan negros como los del animal que Elen montaba, rozaron sus manos. Una expresión jovial se materializó en su perfecta sonrisa y un brillo divertido bailó en el fondo de sus oscuros ojos.

- ... y desde luego... - terminó cambiando el tono de su voz por otro casi cómico. La magia de aquel momento pareció no haber sido más que un sueño-, jamás habría podido volver a los cielos, convirtiéndose en un pobre y aquejado mortal.

Eleanor no pudo reprimir una sonrisa, y esta dio paso a una sonora carcajada. Devin sintió como si las mismísimas estrellas hubieran tintineado desde lo alto. Hacía tiempo que no escuchaba el sonido su risa, y casi había olvidado lo cristalina que era.

-No sé cómo he aceptado venir contigo, en lugar de con mi padre –dijo Elen un poco más animada.

Devin la ayudó a bajarse de su montura mientras respondía.

-Ya me he dado cuenta de que en términos generales, soy un misterio para ti –Devin sujetó a Medianoche por las riendas y la llevó junto a Zalamar –. Dejemos que los caballos beban un poco antes de continuar.

Elen observó cómo conducía a ambos con especial cuidado y les daba unas palmadas en la grupa antes de soltarlos para que estos calmaran su sed, libremente. En breves momentos, regresó de nuevo a su lado, desandando sus propios pasos.

Ataviados ambos con ligeras ropas de viaje y una saca a medio llenar de provisiones, habían partido hacía aproximadamente unas dos horas de Nande. La parte más fácil pero más cansada de la travesía, estaba aún por llegar. Pues aunque el bosque de Alora era una planicie poco intrincada, sus monturas no contarían de nuevo con agua fresca hasta que llegaran hasta la misma ciudad de Numol. Según la ruta que Devin había trazado, debían bordear la ciudad de Jerón atravesando primeramente la zona boscosa, hasta dar con el acceso a las montañas que precedían a los valles. Aproximadamente, les quedaban por recorrer otras seis horas más, manteniendo una buena velocidad.

Eleanor se frotó los brazos, intentando que su cuerpo entrara en calor. La fina camisa de hilo que había sacado de su armario, dejaba entrar la humedad con bastante facilidad.

Devin, revisó por segunda vez desde el inicio del viaje, las sillas de montar para asegurarse de que estaban bien afianzadas. Zalamar piafó intuyendo que reemprenderían muy pronto la marcha. La oscura piel de la yegua se estremeció, deseosa también por dirigirse a un lugar más cálido y seco.

-Vayámonos ya –dijo él cuando todo estuvo listo, entregándole las riendas de Medianoche a la muchacha-. No quiero que la noche nos sorprenda entre las montañas. Los animales podrían lesionarse en un tropiezo.

Asintiendo, y reanimada por el descanso, la chica se alzó sobre un estribo y se agarró con una mano al pomo de la silla. Con la otra sujetó las riendas de la yegua y dio unos golpecitos a sus costados, instigándola a emprender el paso.

Devin, pasó con Zalamar trotando por su derecha, y fue el primero en cruzar el río. Las resbaladizas hojas de su orilla quedaron atrás. Viendo como poco a poco se quedaba rezagada, Eleanor sacudió sus talones más fuertemente. A su contacto, la obediente yegua apresuró su ritmo y se acompasó al de Zalamar, atravesando con velocidad la entrada al bosque de Alora.
Muy pronto los árboles de delgado tronco y elevadas copas, ofrecieron una imagen móvil y confusa. El breve calentamiento del trote, se tornó en galope y ambos se perdieron como fantasmas dentro de una verde niebla.






A una hora muy temprana de la mañana, Damar se encontraba limpiando y organizando las mesas de la posada. Mientras pasaba el trapo mojado por las tapas de madera, no dejaba de pensar en su hija y en el muchacho. Hacía ya unas horas que ambos habían emprendido el viaje y no veía el momento en el que se sucedieran los días para tener noticias de ambos.

Sentía por Devin una confianza absoluta, pues había sido partícipe de la crianza del muchacho y mantenido una estrecha amistad con su tío. Algo muy importante para él, era saber que su hija –a pesar de los continuos reproches que le dirigía-, también le depositaba su fe. Por ello, cuando Devin había insistido en ser él quien la acompañara durante el viaje, cedió a sus peticiones con la condición de que lo mantuvieran en todo momento informado.

A sus sesenta años, podía considerarse un hombre afortunado. Hacía ya mucho tiempo que había perdido a su mujer, pero en cambio, había tenido la oportunidad de ver crecer a Eleanor día a día y convertirse en una hermosa jovencita. Se sentía tremendamente orgulloso de la muchacha y apreciaba el valor que estaba demostrando al enfrentarse de una manera tan adulta a su extraña y repentina dolencia. Pues había sido su firme decisión, el recorrer los caminos hacia un futuro incierto y afrontarlo con esfuerzo y madurez. Sólo esperaba que aquella encontrara lo que había ido a buscar, fuera lo que fuera, lo que le hubiera deparado el destino... o los mismísimos dioses.

Damar terminó de pasar el trapo a la última de las mesas y echó un rápido vistazo al interior de la posada, antes de abrir sus puertas a los clientes. Satisfecho de la limpieza, se metió en la cocina y cogió su usado delantal. Un escanciador de licor de Lantal, permanecía olvidado sobre una esquina de la encimera. Sin poder evitarlo, su mirada se clavó fija en él y juntando sus manos estropeadas por los años de duro trabajo en los fogones, elevó una plegaria a Los Siete, pidiendo que le trajeran a su hija sana y salva muy pronto a casa.





El paso a través de las montañas, exigió a los jóvenes desmontar de los caballos en varias ocasiones. El bosque de Alora se comunicaba con una abrupta pendiente de calcáreas rocas que debían cruzar necesariamente para llegar a su destino, y a los animales les costaba sobremanera afianzar sus cascos en ella. La larga galopada había mermado sus energías, y aunque llegado el inicio del atardecer habían realizado un segundo descanso, Medianoche ya no atravesaba el terreno con tanta seguridad. De vez en cuando sus herraduras resbalaban por las blancas y sueltas piedrecillas, perdiendo el equilibrio.

Zalamar seguía encabezando la marcha, y descendía muy despacio, bajo la atenta guía de Devin. Este lo detenía y desviaba del camino, cuando divisaba una senda alternativa que proporcionara a los corceles más firmeza en sus pasos. Eleanor, que iba detrás muy próxima a ellos, procuraba no estamparse contra los cuartos traseros del rojizo alazán en cada parada, y permanecía muy atenta a las indicaciones que el joven le daba. A pesar de que ella no era una amazona inexperta, no había tenido que enfrentarse hasta ahora a terrenos tan escarpados y peligrosos como aquél y se sentía insegura.

-Refrena a Medianoche –le pidió Devin-. Es mejor que guardes un poco la distancia. Estáis casi encima de nosotros.

La joven, que caminaba al lado de la yegua, tiró temblorosamente de las riendas de esta. Medianoche no dio signos de aminorar el paso. Zalamar presintiéndola muy cerca, se removió inquieto y agitó su cola con energía.

-No puedo –le dijo sintiendo un miedo creciente- ¡Se está resbalando otra vez!

La yegua, fatigados sus músculos por el esfuerzo continuo que suponía el descenso por la pendiente, apoyó sus patas débilmente sobre el corredizo terreno y trastabilló. Piafó y mordisqueó el bocado, nerviosa, salpicando de espuma blanca la grupa de Zalamar. Este último, echó las orejas hacia atrás y dio un fuerte tirón con la cabeza. Todo ocurrió, entonces, muy deprisa.

Devin sintió cómo las riendas de su montura quemaban sus manos, escapándose de su agarre. Emitió un gemido de dolor, y el brioso corcel castaño se encabritó sobre sus dos patas delanteras. Medianoche, con los ojos desorbitados por el terror, intentó recular hacia atrás y perdió totalmente el equilibrio, cayendo por la pendiente.

-¡Suéltala, Eleanor! – le gritó Devin presuroso- ¡Te arrastrará con ella!

Elen, sorprendida y terriblemente asustada al mismo tiempo, cayó hacia atrás sobre el suelo. Se quedó quieta boca arriba, mientras era testigo de cómo el animal se precipitaba hacia abajo a gran velocidad, arrastrando tras ella gravilla y una gran nube de polvo gris.

Devin corrió hacia la joven, ahogado entre toses. La herida que tenía en su mano derecha, había vuelto a abrirse.

- ¡Por Yahel! ¡Estas sangrando de nuevo! –exclamó Eleanor al verla.

- No es nada, no te preocupes -la tranquilizó- ¿Tu estás bien?

Eleanor asintió con la cabeza. Sus rubios cabellos estaban revueltos y sus pantalones se habían arañado con la caída.

-¿Estás segura? –insistió él con voz grave. No podía llegar a imaginar qué habría hecho él si en lugar de precipitarse la yegua por la ladera, hubiera sido ella. Ni siquiera quería detenerse a pensarlo.

-Sí, estoy bien -le aseguró, notando su profunda preocupación.

Devin, suspiró consternado y tomó entonces las riendas de su caballo, a unos cuantos pasos de él. Bajo la atenta mirada de la joven, comenzó a descender internándose dentro la nube de polvo.

-Quédate aquí. No te muevas -le dijo mientras su figura se tornaba difusa, a lo lejos-. Voy a buscar a la yegua. Estaré aquí en unos instantes.

Eleanor se incorporó, inquieta. La idea de quedarse sola en aquel árido paraje, le arañó las entrañas.

-¡No me dejes sola! –gritó al vacío- ¡Devin!

Pero el muchacho ya había desparecido y su respuesta le llegó confusa.

Eleanor miró repentinamente aterrada hacia todos los lados. La escarpada pendiente se alzaba inexpugnable tras ella, y a su alrededor, un mar de arena caliza se extendía hasta donde le alcanzaba su vista. Varios árboles de copa alta y tronco quebradizo salpicando el blanco terreno, eran su única compañía.

La joven comenzó a sentir un miedo profundo, en medio de aquella vasta soledad. Muy a lo lejos, el sonido de los cascos del caballo de Devin dejó de repiquetear, sumándose el silencio a aumentar su malestar.

¡Por los Siete!. ¿Y si en aquel lugar perdido y alejado de toda posibilidad de auxilio, volvían a asaltarle sus miedos?, ¿quién escucharía sus ruegos?, ¿quién la ayudaría entonces?

Eleanor, respiró hondo, pasándose las manos por los cabellos en un intento por alisarlos. Sus dedos se pusieron repentinamente fríos y un conocido resquemor recorrió su cuerpo. La respiración se fue haciendo de nuevo rápida y entrecortada, como en aquella terrorífica noche, y a pesar de su esfuerzo por evitar caer en la vorágine del miedo, su corazón comenzó a latir con más fuerza; la opresión en el centro del pecho volvió a asfixiarla y sus ojos se llenaron de lágrimas.

-¡Devin! –chilló aterrorizada- ¡Por favor!. ¿Dónde estás?

El silencio la envolvió como si el aire se hubiera convertido en plomo. Sus gritos fueron tragados por el vacío, impidiendo que sus ecos llegaran a oídos del joven. La nube de polvo que la yegua había levantado en su caída, ya se había dispersado casi en su totalidad y Eleanor pudo ver cómo a lo lejos, el muchacho se hallaba en cuclillas, con sus manos apoyadas en las patas de un caballo. Con la visión borrosa, no pudo distinguir si se trataba de Zalamar o de la yegua. Al lado de ellos el otro animal daba vueltas, ajeno a las maniobras de Devin.

Tras lo que a ella le pareció una eternidad, el chico se levantó y comenzó a ascender montaña arriba. Eleanor se enjuagó las lágrimas en un ademán rápido y sacudió la suciedad de sus pantalones. No podía permitir que él se diera cuenta del torbellino que acababa de arrasar por segunda vez su interior. Se sentía perdida y avergonzada al mismo tiempo, pues seguía sin comprender lo que le estaba ocurriendo.

Devin cubrió rápidamente el último trecho que la separaba de ella. Estaba visiblemente cansado y la herida de su mano estaba cubierta por una venda parcialmente limpia, que él mismo había atado a la muñeca. Miró a Eleanor, y dijo con voz entrecortada por la falta de aliento.

-Medianoche está bien. Se ha clavado una astilla seca en una de las patas, pero es una herida superficial. Se la he vendado –le explicó, tomando aire entre frase y frase–. Gracias a los dioses no se ha fracturado nada.

Devin se dobló por la cintura, ajeno los pensamientos de la joven que bullían tormentosos, y respiró hondo para llenar sus pulmones.

-Será mejor que bajemos –Se incorporó-. Los caballos nos esperan en un llano un poco más abajo.

Devin levantó la mirada y reparó entonces en el rostro macilento de la joven.

-Todo esto ha sido por mi culpa -dijo Eleanor en un susurro evitando mirar al joven.

Devin se acercó a ella. Acto seguido, le pasó un brazo por sus pequeños hombros y reemprendieron el descenso muy despacio.

-No digas eso –la contravino, protector-. Este terreno es muy escarpado y las rocas se desprenden muy fácilmente. Soy yo el que tenía que haber previsto que esto podía ocurrir. Quizás debimos tomar el camino de Valmor y no cruzar estos bosques.

Eleanor dejó que el peso de su cuerpo reposara cada vez más en él. La calidez y seguridad que desprendía la hacía sentirse segura.

-Menos mal que mi padre no ha venido con nosotros –dijo la muchacha recobrando poco a poco la serenidad-. Ha sido muy considerado por tu parte, ofrecerte a traerme hasta aquí.

Devin negó con la cabeza, y sonrió.

-Lo he hecho con sumo gusto, pequeña. Además –esa expresión de sorna tan característica en él brilló en sus ojos- ¿te imaginas a Damar, con sus sesenta años, dando botes con sus cansados huesos sobre un caballo?

Eleanor rió, divertida. Las sombras de sus miedos sólo restaban en las huellas que las lágrimas habían dejado en sus mejillas.

-Sí. La verdad es que no soy capaz de imaginarlo fuera de su mundo. Aunque me consta, que de no haber sido tu tan tozudo –se atrevió a bromear también-, lo tendríamos aquí con nosotros quisiéramos o no.

Devin asintió sin dejar de sonreír. Unos pasos más y habrían llegado al llano, junto a los caballos.
-Espero que no te incomode montar conmigo en Zalamar –le dijo con tono suave, cambiando de tema-. No conviene forzar más a tu yegua.

Eleanor se sonrojó al instante y apartó la mirada antes de responder.

-¿Por qué iba a molestarme? -Su voz tembló casi imperceptiblemente.

Devin miró hacia el cielo. El atardecer se iba convirtiendo poco a poco en anochecer. En menos de una hora, no podrían ver apenas el camino.

-Tendremos que darnos prisa –le dijo–. Así que tendrás que sujetarte fuertemente a mí –y le guiñó un ojo tan azabache como sus cabellos.

Eleanor se carcajeó soltándose del abrazo del joven. La pendiente se había suavizado y sus pies se sujetaban con mayor firmeza al suelo. Medianoche piafó al verlos llegar y Zalamar avanzó al paso hacia su amo. Devin tomó las riendas de su montura y las pasó por encima de su cabeza. Ató después las riendas de Medianoche a la parte trasera de la silla de su corcel y montó en él. Tendió la mano a Eleanor al decir:

-Ciertamente, no me hubiera perdido este viaje por nada del mundo.

Eleanor aceptó su mano y montó tras él, en la grupa del animal. Devin sujetó con la mano izquierda las riendas de Zalamar y azuzó suavemente sus costados con los talones de sus botas. Ella se sujetó a su cintura y sonrió para sí.

-¿Preparada? – se aseguró el muchacho.

-Adelante –respondió ella a sus espaldas, apretándolo un poco más con sus brazos.

Devin también sonrió antes de dar un toque de nuevo a Zalamar, esta vez con más contundencia, para que éste entrara en galope. Medianoche, que había sido convenientemente atendida y su herida vendada, siguió la marcha del corcel sin dificultad y sin dar muestras de experimentar ningún dolor.




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Mundos Paralelos - Capítulo 2




MUNDOS PARALELOS


Capítulo 2 - Umbrales de Marfil




Con sumo cuidado, consciente de que estaba tratando con un ser vivo, la mujer mojó la punta de un trozo de tela en leche de cabra y la pasó delicadamente sobre una hoja. Esta era suave y tersa al tacto. Su tamaño, de un palmo de largo y de unos tres o cuatro dedos de ancho, le facilitó la aplicación. Al roce con la tela, la hoja adquirió un saludable brillo y resaltó aún más su intenso color verde.

De clima templado y muy húmedo, Briana había tenido que procurarle un ambiente en igualdad de condiciones, para que la misma floreciera. Y aunque no había sido difícil mantener la temperatura y la humedad diurna que esta necesitaba, por la similitud entre su clima de origen y el de Numol, sí le había planteado cierto reto recrear una bajada acusada de la temperatura durante la noche. Tras mucho estudio y dedicación, no obstante, aquella maravilla de la naturaleza había florecido.

Cuando hubo terminado con las demás hojas, retrocedió y admiró la belleza de la extraña y tropical planta, satisfecha. Unas flores grandes, de formas igualmente redondeadas y de un color blanco puro, pendían elegantemente. A medio metro de altura, sobre sus hojas, dos esbeltas y flexibles varas que habían brotado de los laterales en su base, se convertían en el lazo de unión.
Gracias a Asrial, la paciencia, la dedicación, unos acertados conocimientos y un ambiente adecuado, habían dado sus frutos.

Briana, limpió y ordenó los materiales que habían estado utilizando durante toda la mañana antes de abandonar el invernadero. Una vez en la puerta se giró y sonrió. Las otras aproximadamente 50 plantas tropicales gozaban igualmente de buena salud. Flores de todos los colores; amarillas, rosadas, anaranjadas, fucsias, blancas de labelo rojo, blancas de labelo amarillo, violetas e incluso bicolores, vivían conjuntamente en aquel recinto particular que durante años había ido construyendo con su marido.

Teniendo especial cuidado en que la humedad creada artificialmente no se evaporara en lo más mínimo, la mujer cerró la puerta de aquel recinto particular.

Una suave brisa y un cálido sol, le acariciaron el rostro al salir. Un simple parpadeo de sus ojos verdes fue suficiente para acostumbrarse al cambio. Respiró hondo y su mirada se perdió en la vasta lejanía.

A su alrededor, los inmensos valles de Numol, vestían con una manta espesa y fresca el fértil terreno. Una amplia gama de tonos verdes y dorados entretejía un tapiz de cálidas formas y colores. Pequeñas casas de tejas rojizas, muy separadas unas de otras, se entremezclaban entre los campos de trigo.

Como cada mañana, Briana esperó a que la placidez que estos emanaban se introdujera en su interior; aquel gesto había comenzado a formar parte de su propio ritual. Sin embargo, también como cada día, percibió cómo aquella sensación se escapaba con la misma facilidad con la que recorría todo su cuerpo. Un dolor sordo en lo más profundo de su alma, pulsaba su latido como una vieja herida de guerra, enturbiando su paz y diluyendo el presente.

-¿De nuevo perdida en tus pensamientos, princesa?-. Una mano ligera y grácil, se posó sobre su hombro.

Briana, sonrió a su marido.

-Estaba admirando estos espléndidos valles –adujo con voz melodiosa, aunque con un deje de pesar-. Después de veinte años observándolos, aún consiguen estremecerme.

Se volvió hacia Tharis y deslizó sus torneados brazos sobre su cuello.

-Igual que tu –agregó besándolo en la frente. Sus ojos recobraron su luminoso brillo cuando lo miró.

Con sus casi cuarenta años, Briana no había perdido la hermosura con el paso del tiempo. De aproximadamente la misa edad que su marido, mantenía una grácil y armoniosa figura. Su rostro delicado y juvenil, sus gestos pausados y una sabiduría lentamente adquirida, la habían llevado hasta las puertas de una compleja madurez.

Tharis, un poco más alto que ella, de constitución delgada y afable carácter, la amaba con ternura.

-¿Alguna novedad de interés? –preguntó con aire jubiloso, fingiendo que no había captado aquel instante de tristeza en su voz.

-Las flores están preciosas –rió ella alegremente-. Pero si me estás preguntado por mis investigaciones... No. Todavía no hay resultados.

El hombre asintió.

-Ya. Sigues buscando lo imposible.

Briana puso un dedo sobre los labios de él, y le rectificó:

-No hay nada que resulte inalcanzable. El mayor impedimento para lograr algo en esta vida es nuestra propia mente; nos autolimitados y perdemos la perspectiva.

-No lo voy a discutir ¡los dioses me libren! –exclamó echando a caminar hacia la casa, situada a sus espaldas.

La mujer le dio un pequeño empujoncito reprobadoramente.

-Verás como algún día te doy una sorpresa –. Lo agarró del brazo y ambos entraron dentro.

Briana atravesó el vestíbulo, subió las escaleras y abrió la puerta de su despacho. Tomando asiento detrás de su escritorio, asió la pluma y la mojó en tinta negra. Se encontraba ya garabateando los resultados de sus experimentos con las plantas, cuando la voz lejana de su marido, cargada ligeramente de ironía, resonó desde la primera planta.

-¿Por qué?... ¿Acaso has pensado en tener otro hijo?

Briana hizo una mueca, acostumbrada a su extraño humor, más no le contestó concentrada en lo que estaba escribiendo.

Un par de apuntes más y pospondría sus estudios sobre el mundo vegetal, para pasar a profundizar en el conocimiento sobre el comportamiento humano. Pues si algo la apasionaba más incluso que el cultivo de aquellas plantas, era entender porqué las personas se comportaban tal y como lo hacían, y qué era lo que estaba detrás de su conducta; la individualidad del ser humano más allá de influencias divinas, su propia esencia en combinación con un entorno siempre dinámico y cambiante, que contribuía en todas las ocasiones a formar parte de una fórmula única y magníficamente enigmática y misteriosa.

En algún momento de su vida plagada de viajes a confines poco explorados y tras haber conocido a gentes de todas las religiones que profesaban su fe a un dios distinto, la visión sobre cómo éstas se enfrentaban a sus miedos y esperanzas con un mismo patrón, le había hecho comprender que “El Todo” era más que la suma de sus partes, independientemente de los dioses a los cuales veneraban. La semilla precursora que la alentaba en cada paso hacia delante, no obstante, era la misma que le producía aquel cruel dolor del que no podía desembarazarse, y la sumergía en el infinito mundo de las preguntas sin respuestas. Pese al misterio que envolvía el camino que había tomado, escindiendo a Los Siete de -hasta entonces- una clara contribución en los planos mortales, tenía un vasto campo aún por descubrir y someter a su particular perspectiva. Y si había resaltar cuál era el rasgo por excelencia de aquella singular mujer, era su tenacidad.

Dejando a un lado la pluma y cerrando el grueso tomo en el cual todo estaba adecuadamente anotado, caminó hasta su habitación y se cambió la ropa por otra más cómoda. Preparada para introducirse en las profundidades de su mente, siendo ella misma la máxima exponente de sus estudios, se dirigió hacia la sala donde practicaba asiduamente una tabla de ejercicios físicos y mentales compuesta por ella misma. Al abrir la puerta, la familiar estancia se mostró ante sus ojos.

Siete metales eran los que componían el cuenco cantor de 15 cms de diámetro: Oro, plata, hierro, mercurio, plomo, estaño y mayoritariamente cobre. Todos ellos estaban aleados en las debidas proporciones, de manera que al deslizar la baqueta por su borde, el cuento producía un sonido limpio, armónico y continuo, que equilibraba el espíritu del que se hallaba en su presencia. De dimensiones poco profundas y apariencia mate, estaba ricamente decorado en su base con voluptuosas filigranas, y una silueta felina muy característica, era el símbolo que había sido elegido por Briana a modo de firma personal.

Esta fantástica y mística campana vibrante se había convertido en una de sus más preciadas adquisiciones de oriente y formaba parte de la cuidadosamente seleccionada decoración de la habitación.

Ataviada sencillamente con una camisa y un pantalón blancos, y portando su oscuro cabello recogido en una cola, tomó posición en el centro de la misma con los pies descalzos y sus brazos y piernas en forma de cruz, e inició así el primero de los 10 ejercicios que llevaría a cabo durante los próximos cuarenta y cinco minutos.

Cerró los ojos y tomó aire hondamente.

La tibieza de la oscuridad y el silencio circundante la trasladaron en instantes hasta las profundidades de su diestra mente. Diversas posturas en las cuales, a veces estaba de pie y en otras se sentaba o tumbaba, se dieron paso unas a otras con estudiada coordinación de movimientos. Era evidente que ya las había practicado con anterioridad, fluyendo el ritmo de las posturas con total naturalidad.

Apoyándose sobre sus rodillas y sus manos, su cuerpo formando un ángulo de 60 grados y manteniendo la cabeza baja, Briana llevó a cabo el último de los ejercicios de su tabla. Con su concentración enfocada en la cadencia de la respiración, inhaló el aire unos instantes, exhalándolo más tarde con procurada lentitud. Un meticuloso repaso mental a sus órganos internos, le reportó el feedback necesario para cerciorarse de que su cuerpo se encontraba preparado para iniciar la siguiente etapa, libre ya de tensiones externas.

Dejando que sus ojos se adaptaran a las penumbras de la habitación, levantó muy despacio la cabeza y se puso en pie.

Un óleo de considerables dimensiones se alzaba a su frente, en la pared. El oscuro muérdago se abría dando paso a una briosa cabeza blanca, de sedosa crin y poderoso cuello nevado. Sus cascos de pequeño tamaño, se posaban apenas levemente sobre las extrañas flores. El mágico cuerno finamente torneado, aparecía hundido en las ondeantes aguas de un lago en calma. Una luz brillante y amarilla penetraba hasta su mismo fondo, pareciendo que el magnífico unicornio de gracia majestuosa, iba a materializarse en cualquier momento, saliéndose del cuadro.

Briana, había imaginado tal escena en movimiento miles de veces en sus visualizaciones. El magnífico animal, trotaba en unas sobre la fresca hierba o cruzaban sus miradas en otras, durante un lapso de tiempo difícil de cuantificar. A veces, una lluvia de pétalos de flores caía del cielo claro, posándose livianamente sobre la quietud del agua, para desaparecer seguidamente en la nada.

Tres velas situadas a su izquierda, proveían a aquella habitación de una tenue y titilante iluminación. Una pequeña fuente de cuarzo rosa a su derecha, hacía brotar un fino chorro de agua de agradable sonido. En su cúspide, una bola de cuarzo blanco veteada, giraba sobre sí misma proyectando la luz incidente hacia el exterior, con agradable cadencia.

Un palo de lluvia, fabricado con bambú y hueco por dentro, colgaba en la pared que daba su espalda. También lo había utilizado en incontables ocasiones para, a través de su espiritual canturreo, calmar los pensamientos.

Bajo sus pies, una gruesa alfombra de lana virgen vestía el centro de aquella habitación; de tonos crudos y naturales, Nuyami, la había tejido especialmente para ella. Aquella anciana mujer, de cuyos consejos había sacado tantas enseñanzas...

Briana, se tendió finalmente boca arriba sobre la alfombra. Su último ejercicio, propiamente de relajación y visualización estaba a punto de comenzar.

Poniendo las palmas boca arriba, los pies un poco separados con las puntas ligeramente inclinadas hacia el suelo, cerró los párpados y concentró su mente en su pie derecho. Sin moverse en absoluto e imaginando todo lo más nítidamente posible el pie, acompañó cada imagen de las siguientes palabras:

“Mi pie derecho pesa..., pesa mucho, ....cada vez más...., y más......, y más.......”
“ No se mueve nada...., nada......, nada.......”

Mientras repetía estas palabras en su mente, susurrándolas para sí misma, casi canturreándolas y arrastrándolas con dulzura, la sensación de que la sangre fluía cálidamente por él, empezó a recorrer esa determinada zona.

Continuando con el ejercicio, se concentró seguidamente en su pantorrilla derecha y repitió el proceso, diciéndose las mimas palabras en completo silencio. Tan sólo el murmullo del agua se elevaba en el ambiente.

“Mi pantorrilla derecha pesa...., pesa mucho....., cada vez más......y más....., y más.....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

La sensación de que su pierna derecha se inclinaba casi imperceptiblemente más hacia el suelo, le indicaba que las frases iban surtiendo el efecto deseado. Los músculos de la pantorrilla colgaban completamente relajados, ajenos a cualquier esfuerzo tanto voluntario como involuntario.

Mi muslo derecho pesa........, pesa mucho......., cada vez más......y más......., y más....”

“No se mueve nada....., nada....., nada.....”.

Briana repaso mentalmente toda su pierna derecha al completo, antes de pasar a relajar su pierna izquierda. El proceso que siguió fue exactamente el mismo, y cuando advirtió que sus piernas estaban totalmente relajadas, quietas, como el resto de su cuerpo, continuó ascendiendo por él y se concentró entonces en abdomen. La zona central de su cuerpo requería un tratamiento selectivo, por lo que tras el abdomen, siguió con el estómago y después subió hasta la zona del plexo solar.

Las palabras acudían suavemente a cada zona de su cuerpo y ella ordenaba que ésta se relajara. Una inmensa calma se iba repartiendo a través de su torrente sanguíneo. Incluso las zonas que no había tratado, se estaba beneficiando de tan preciado ejercicio.

Llegando a la altura del plexo, hizo un alto en las aprendidas frases para practicar un breve ejercicio de respiración. Este ejercicio requería que el aire entrara muy suavemente a través de la nariz, sin mover ni abrir la boca, dejando que éste llegara hasta las profundidades de su abdomen ya relajado. No tenía que forzar absolutamente ningún músculo, pues sabía que la contracción de cualquiera de ellos era precisamente lo que no pretendía. La cuestión estaba en canalizar mentalmente el camino del aire, dejando que éste encontrara por sí mismo los últimos recovecos de sus pulmones, de manera fluida.

Briana, quien ya dominaba tal técnica, inspiró muy lentamente por la nariz y con continuidad. En su mente, viajo con él hasta que llegó lo más lejos que pudo. El abdomen se elevó casi milimétricamente, sus músculos seguían completamente relajados. El sonido del agua moviéndose limpiamente, la acompañaba en su imaginación. Pues el aire era un río de bienestar que inundaba de placer todos sus sentidos.

Retuvo unos instantes el aire, experimentando una maravillosa plenitud y tan lentamente como lo había inspirado, comenzó a dejarlo salir igualmente por la nariz. Esta vez su recorrido fue mentalmente a la inversa. El aire buscó sin avidez la salida, con la misma delicadeza con la que había entrado. Lo acompañó hasta sus últimos restos abandonaron sus pulmones.

Satisfecha y disfrutando del bienestar en cada instante, realizó las respiraciones dos veces más. Era consciente de que este ejercicio bañaba tan profundamente su interior que un exceso en su ejecución, significaba el posible comienzo del mareo. Por ello, a la tercera vez, reanudó el ritmo normal de la respiración y siguió con su ascenso mental a través de su cuerpo.

Tras haber relajado la zona central de su cuerpo, se concentró en las palmas de sus manos, luego en sus antebrazos y por último en sus brazos. En la zona de los hombros y el cuello se concentró especialmente, ya que las tensiones de la jornada tenían tendencia a resistirse a al relajación. Su imaginación viajó por sus hombros, su cuello y los músculos de su espalda de arriba abajo. Las sensaciones de calor, eran inmensamente reconfortantes e hizo hincapié en frases más específicas.

“Los músculos de mi espalda están muy relajados...., muy relajados...., muy relajados....”.

“El calor recorre libremente mi espalda......, el calor recorre mis músculos......, el calor me aporta bienestar.....”

“Mi espalda......relax........, mi espalda.....relax......, mi espalda.......relaaaaaaaaax”.

El ejercicio de relajación muscular estaba prácticamente terminado. Tan sólo debía centrarse en su cabeza. Primeramente en sus ojos, después en los músculos faciales y en la boca. Y para finalizar en su cuero cabelludo, sobre todo, en la parte baja y posterior de la cabeza.

“Mis ojos están suavemente cerrados......, relajados......., calmados”.

“ Mis ojos pesan......, pesan mucho......, cada vez más......., y más........., y más.......”.

“No se mueven nada........., nada......., nada........, nada.......”.
“Mis ojos..........relax......., mis ojos........., relax........, mis ojos......, relaaaaaaaaax.....”

Con todo su cuerpo plenamente relajado, sus músculos distendidos y una agradable sensación de flotabilidad, Briana se perdió en su mente, dejándose llevar hasta las profundidades de sus pensamientos. Estos ya no se sucedían con ritmo frenético e inconexo, sino que flotaban como en un mar de calma, desplazándose débilmente de un lugar inmaterial a otro. Sin detenerse en inspeccionarlos como habría hecho estando en vigilia, los observaba con aprendida distancia y desconexión de la realidad, haciéndolos desaparecer. El dolor oculto en lo más recóndito de su sí misma, pareció diluirse también durante aquel lapso de tiempo, concediéndole momentáneamente la paz.

Su mente estaba en calma, habiendo cedido esta a la relajación.

El espacio y el tiempo se abrieron libremente y la sumergieron en sus espléndidas aguas. Las ondas de un espacio inexistente, la mecieron hasta la orilla de un claro estanque de aguas transparentes. Un ligero roce en su superficie, fue producido por unas sedosas y radiantes crines blancas. Avalon, el unicornio de ojos sabios y poderoso espíritu, bebía mansamente en él. Al sonido de unas notas puras, que llegaron a sus perfectas y pequeñas orejas, éste alzó su contorneado cuello blanco, y se lanzó al trote por las inmensidades de su mente.

Pronto cruzaba senderos de verdes valles ilimitados, mientras los demás animales del bosque se detenían a observarlo a su paso. Con el cuerno de marfil apuntando hacia lo alto, el unicornio galopó etéreamente, con la armonía propia de quien sólo vive en una mente magistralmente educada y trabajada para proporcionarse semejante y placentero relax.





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domingo, 2 de diciembre de 2007

Mundos Paralelos - Capítulo 1

Historial del libro:
Prólogo




MUNDOS PARALELOS


Capítulo 1 - La posada de los Lantales




Aunque la brisa soplaba fresca y mitigaba el azote de los rayos del sol, el día se presentaba claramente caluroso. Al mediodía, apenas se proyectaban las sombras de las copas de los árboles sobre los suelos empedrados de la ciudad. Estos árboles milenarios, llamados Lantales –de cuyo tronco se extraía la base de un licor de regusto amargo y muy caro– salpicaban la costa de Nande, dándole un aire de extraordinario exotismo. Sus troncos gruesos y sus raíces, formaban dibujos excéntricos en su búsqueda por el agua dulce que no abundaba en esas tierras. Por todo ello, era curioso que la gran parte del sostén económico de aquella ciudad fuera precisamente la pesca. Y es que además de su riqueza vegetativa, la fauna marítima de Nande era abundante –y lo más importante– comestible y de excelente sabor.

El padre de Eleanor, poseía una posada en un enclave privilegiado. Cercana a la costa, y enmarcada por aquellos majestuosos árboles que daban nombre a la misma, cobijaba a comerciantes y turistas que en su mayoría sólo estaban de paso. La clientela habitual, sin embargo, eran personas conocidas y los mismos pescadores del lugar, que hacían un alto en el camino recompensando tanto a sus entumecidos huesos como a su entrenado paladar.

Siendo hora punta, y estando la posada medio llena, Eleanor no veía el momento en el que su compañero Devin viniera a relevarle el turno. El muchacho, como de costumbre, llegaba hoy con bastante retraso. No era éste un período de gran ajetreo, no obstante, sí lo habían sido los anteriores tres meses y no por ello había sido puntual.

Con gesto cansado y mohíno, se llevó el dorso de la mano a la frente y retiró un mechón de cabello rubios que caía desmañado sobre ella. Levantó la mirada y se encontró con la de su padre, Damar, que venía de frente portando una bandeja repleta de humeantes filetes de pescado recién cocinados. Al pasar junto a ella le hizo una señal con la mano libre en dirección a la entrada de la posada.

-Devin acaba de llegar –le informó sin dejar de caminar-. No seas demasiado dura con él, cariño.
Eleanor entrecerró los párpados, con evidente fastidio. En cierto modo le resultaba bastante frustrante que su padre no castigara aquella actitud tan poco disciplinada. Bajo su punto de vista, era demasiado condescendiente con él. Molesta, recogió un escanciador de una de las mesas. Unos restos del licor semitransparente de Lantal, rebosó por el borde ante el brusco asimiento de la joven.

Devin llegó hasta ella en dos grandes zancadas y antes de que ésta pudiera articular palabra, abrió la puerta que daba a la cocina y se escabulló dentro. Dispuesta a tener con él más de tres palabras, Elen se precipitó tras él con andar rápido, dejando a sus espaldas un reguero de gotas rosadas sobre el suelo de madera. El posadero sacudió la cabeza resignado, muy consciente del carácter nada templado de su hija.

-Siento el retraso –se defendió el chico precipitadamente al verla entrar como un torbellino–. ¡Esos malditos peces nos abrieron un agujero en la red! Tuve que...

-¡Oh, por Yahel, Devin! –lo interrumpió dejando la botella de licor en la encimera. Si tenía intención de tener piedad, no se le notó en absoluto–. No me salgas con esas de nuevo -protestó-. Llevo desde las seis de la mañana levantada, preparando comida y sirviendo las mesas. ¡Ni siquiera he tenido tiempo de tomarme un vaso de agua!. Y estoy cansada, como tantas otras veces en las que te has inventado excusas parecidas.

El muchacho sonrió con socarronería y mostró unos dientes blancos y perfectos. Junto con sus cabellos negro azabache y su piel morena, podría decirse que tenía un cierto aire atractivo. Claro que... en opinión de la joven, un pez tenía más inteligencia.

-Estarías más guapa con una sonrisa -dijo sin perder su encanto-. No te sienta nada bien esa mueca permanente de tensión. Parece que ya se ha quedado a vivir en tu cara –y terminó enarcando una espesa ceja negra-. ¡Fíjate, que casi me estoy acostumbrando a ella!

Eleanor le dio un manotazo y frunció todavía más el ceño. Inteligente y de marcada autocrítica, toleraba sin embargo relativamente mal cualquier comentario negativo dirigido hacia ella por otra persona. Su sentido de la responsabilidad era igualmente alto, pues la muerte de su madre cuando ella tenía doce años, había fortalecido esa tendencia innata. Y aunque por todo ello, pudiera decirse que era una persona autosuficiente, la verdad era que dependía del constante cuidado y aprobación de los demás.

-No te he pedido tu opinión –sentenció molesta. Y añadió-. Además, si llegaras a tu hora yo no tendría que ocuparme de realizar tantas cosas a la vez. Llevo haciendo el trabajo de dos personas desde hace tres meses. ¡Y a ti no se te ocurren nada más que bobadas!

Devin ladeó divertido la cabeza, en un gesto muy familiar. Esperó pacientemente a que terminara su perorata. La conocía lo suficiente como para saber que hasta que no se quedara satisfecha, continuaría lanzando improperios a diestro y siniestro.

-Y no te creas que porque mi padre te aprecia tanto, voy a ser tan blando como él -le advirtió–. La verdad es que todavía no entiendo qué es lo que siempre ha visto en ti.

¡Eleanor blanda! Desde luego, no pensaba eso en absoluto. Cambió de postura y se cruzó de brazos, ocultando sus manos bajo la camisa, que estaba parcialmente mojada por el agua del mar. El olor salobre comenzó a hacerse intenso en la cocina.

-Me encantaría pasarme el resto de la tarde explicándotelo, Elen -chascó la lengua-, pero la respuesta salta a la vista -añadió sin modestia alguna-, y aunque sé que piensas que soy un inútil sin remedio, sólo me tomo la vida con un poco de más calma ¿Por qué no lo pruebas? -Y diciendo esto dio la espalda a la muchacha y alargó una mano hacia un trapo que había encima de una mesa.

Eleanor dio unos pasos hacia él, cada vez más convencida de lo irreconciliables que eran sus puntos de vista. Fue entonces cuando reparó, en que el trapo de cocina blanco que había cogido Devin, cubría su mano derecha impregnándose poco a poco de sangre.

-¿Qué te ha ocurrido? –una incipiente sensación de pesar recorrió su espalda, amenazando con desbaratar el gran ovillo mental que ya había comenzado a cimentar en su estructurada mente.
El muchacho suspiró sin apenas darle importancia al hecho de que un corte le atravesaba de lado a lado el dorso de la mano y que no dejaba de sangrar.

-No te preocupes, no es nada. Es lo que intentaba decirte antes de que me interrumpieras –su tono se tornó ligeramente irónico-. Esos correosos animalitos acuáticos nos rompieron la red. Tuve que quedarme a repararla con mi tío y me corté mientras lo hacía. Sólo necesito un poco de tiempo para curarme la herida y cambiarme esta ropa que, por si no te has dado cuenta, apesta a pescado.

La puerta abatible de madera, se abrió hacia adentro dando paso a Damar. A través de tres grandes bandejas metálicas que reposaban sobre sus brazos y se apoyaban parcialmente en su delantal manchado, dirigió la mirada a ambos jóvenes. Reparó al instante en la herida de Devin y miró interrogativamente a su hija, que permanecía con los ojos muy abiertos.

-No ha sido ella –bromeó el joven de buen talante y aclaró–. Me he cortado intentando reparar una red. Ahora mismo se lo estaba contando a Elen. Ummmmmm... a todo esto... -Giró la cabeza como si buscara algo-. ¿Dónde habéis puesto ese estupendo ungüento para las heridas?

Damar señaló con la cabeza hacia la parte trasera de la cocina, mientras en sus labios se dibujaba una mueca. En la pared colgaba un armario pequeño de madera, con tiradores artesanalmente labrados.

-Debería estar allí –soltó las bandejas y relajó los músculos de sus cansados brazos. El rumor del comedor subió perceptiblemente de volumen y varias voces nuevas se sumaron a las ya existentes. Damar suspiró con aire resignado-. ¡Ahora sí que estamos a tope!.

Eleanor se llevo las manos al cabello y tiró del cordoncito que lo mantenía sujeto. Su larga melena rubia y ondulada cayó hasta su esbelta cintura, ocultando la lazada de su delantal. Metió sus pequeñas manos en un barreño de agua limpia y se remojó de un sólo gesto tanto el rostro como los cabellos. Como tantas otras veces en estos meses, el agua fresca acudió en su ayuda aliviando sus tensiones. Su rostro reflejó al instante el positivo cambio.

Devin la observó completamente absorto.

Eleanor era una mujer joven, que rondando los 25 años, había desarrollado una hermosa apariencia. Era difícil aceptar que su procedencia era tan poco extraordinaria como la de él mismo, y sin embargo... su definida figura, sus gestos felinos, y sus flexibles movimientos decían todo lo contrario. En su mente, ni las mismísimas diosas podían superar su feminidad. Si Los Siete consiguieran detener el tiempo...

En una época donde las maravillas obradas por el Dios de la Luz y de la Vida; el Dios de la Oscuridad y la Muerte; Los cuatro dioses de los elementos: Agua, Fuego, Mar y Tierra; y la Diosa de la Fortuna y Sabiduría, tenían tanta cabida como las obras de los mismos mortales; donde todo cuanto caía fuera del entendimiento humano pasaba a formar parte instantáneamente del hacer de los dioses, era poco pedir que se inmiscuyeran en sus asuntos amorosos por una vez. Sin embargo, eso jamás ocurría. Y Devin, en momentos como aquellos, se sentía turbadoramente pequeño a pesar de sobrepasarla en dos cabezas. Él, hijo de un pescador, con apenas ciertos estudios y un cuerpo fuerte y curtido por los años faenando bajo el sol y en plena mar, no tenía la más mínima posibilidad. Pese a ello, había aceptado trabajar para Damar, el mejor amigo de su padre, con tal de estar más cerca de ella.

-Devin, vete a casa. -El joven salió de su ensimismamiento, sobresaltado por la voz aparentemente calmada de Eleanor-. Puedo apañármelas perfectamente. Tu no estás en condiciones de estar aquí. Cuídate ese feo corte y si no es mucho pedir, intenta venir mañana más temprano.

Damar se dirigió tras los fogones, manteniéndose al margen de la conversación. Destapó un par de ollas y bandejas. Llenó un plato hondo de un humeante cocido de magnífico aspecto, y sirvió hasta arriba dos platos del fresco pescado recién cocinado.

-De eso nada, pequeña -Devin habló con firmeza, aunque con dulzura-. Me quedaré aquí y os ayudaré en lo que pueda. Verás como entre los tres, pronto despejamos esto -Hizo un guiño a Damar-. Además, a tu padre no le vendrá mal una mano en la cocina -Sonrió con picardía-... aunque desde luego, ¡hoy no puedo echarle dos!

El sonido intermitente de la puerta al cerrarse, les informó de que Damar les había dejado solos. Devin, no pudo reprimir una sonrisa.

-Toma esta camisa –La voz de Eleanor se quebró al hablar. Alcanzó una prenda grisácea de aspecto usado pero limpio, que había sacado de un cajón, y se la dio tímidamente a Devin. Manteniendo los ojos bajos, y evitando en todo momento dirigir su mirada hacia el joven, llenó el escanciador de Lantal hasta arriba y salió finalmente tras su padre.

El muchacho sonrió para sí. Tal vez Asrial, la Diosa de la Fortuna y la Sabiduría le brindara una oportunidad algún día...

Adentrándose más la primavera, el ajetreo diario de la posada que a Eleanor le parecía ya casi perpetuo, comenzó a aflojar. Devin, exceptuando un par de ocasiones, había conseguido incluso llegar temprano todas las mañanas. Por lo que, haciendo balance, el ambiente era ahora mucho más calmado que antes.

Fue por ello por lo que a mediados de abril, y un día cualquiera, Eleanor vivió el suceso más extraño, terrible e inexplicable que había sufrido en su joven vida.

Fue en plena madrugada, cuando se despertó repentinamente, sintiéndose embargada por una oleada de intenso peligro. Se incorporó a medias en la cama con todos sus sentidos alerta y buscó algún ruido extraño, voz o movimiento que hubiera podido sacarla tan bruscamente del sueño.

La puerta de su habitación estaba cerrada, al igual que la ventana. A través de aquella última no advirtió ninguna figura ocultándose furtivamente, ni oyó pasos alejándose en la lejanía. Dentro de la habitación, no había nadie más con ella. Estaba completamente sola.

Aunque llevaba un ligero camisón y la temperatura había descendido durante la noche, sintió que una oleada de calor recorría todo su cuerpo. Se sujetó los rubios cabellos en una improvisada trenza, e intentó respirar hondo. Sus pulmones se llenaron del aire nocturno, costándole cada vez más realizar la siguiente inspiración. Un dolor intenso comenzó a nacer en el centro del pecho, y el miedo se intensificó en lugar de ir disminuyendo.

El ritmo de su corazón se aceleró, acompasándose a su entrecortada respiración. Con cada golpeteo la sangre corría más fuertemente y el calor se convirtió pronto en sudor.

Eleanor se destapó, apartando las delgadas sábanas a un lado. Quiso ponerse en pie con la intención de salir huyendo hacia la habitación de su padre, a pesar de que sabía que estaba sola y ningún peligro real la estaba amenazando. ¡Tenía que llegar hasta él!. ¡Necesitaba ayuda!

Entonces, al dar los primeros pasos, se dio cuenta de que estaba mareada. En lugar de ir hacia la puerta, se dirigió tambaleante y apoyándose en las paredes con sus manos, hasta la ventana. Necesitaba respirar urgentemente aire fresco o se desmayaría. Cada vez era más consciente de que un pánico absurdo pero de increíbles dimensiones, se estaba apoderando de su mente.

Una vez abierta la ventana, intentó respirar con avidez ¡Por todos los dioses! ¿Qué le estaba ocurriendo? ¡Qué sensación tan horrible! ¡Apenas le entraba aire en los pulmones! Estaba segura de que iba a asfixiarse.

El tiempo pasaba lento y fuera lo que fuera lo que le estaba ocurriendo, su malestar no daba signos de mitigarse.

Intentó calmarse. Se echó de nuevo sobre la cama, boca arriba. El techo le daba vueltas y las palmas de sus manos transpiraban copiosamente. A pesar del calor que sentía, su piel estaba fría al tacto y un temblor ajeno a su voluntad sacudía intermitentemente sus miembros.

Aterrada, flexionó las piernas y se hizo un ovillo. Una idea poderosa se iba abriendo en su mente poco a poco. Sencillamente, estaba perdiendo la razón. Iba a convertirse en una de aquellas personas que caminaban por la vida perdidas, dentro de su mundo irreal. Los niños le tirarían piedras por las calles... los perros la mordería... se estaba volviendo loca. Sí... seguramente era eso.

Una oleada de frío recorrió su cuerpo y el temblor hizo que apretara las mandíbulas fuertemente. La lengua, dentro de su boca, estaba pastosa. Los músculos de su cuello se tensaron como la cuerda de un arco. El dolor de su pecho se agudizó todavía más.

El latido del corazón le zumbaba ya en los oídos. Su respiración era cada vez más rápida y entrecortada, el aire que respiraba no aliviaba sus doloridos pulmones. Tenía la sensación de que alguien se hubiera sentado cruelmente sobre ellos. Y multitud de pensamientos horrendos y desmedidos no dejaban de cruzar como en un torbellino por su mente.

Ahora sabía con certeza absoluta que no sólo se estaba volviendo loca, sino que se estaba muriendo.

¡Oh, por Dearis!, Dios de la Luz y de la Vida ¿Qué había hecho ella para merecer semejante castigo?. ¿Acaso su destino era encontrase tan prontamente con Zaltor, Dios de la Oscuridad y de la Muerte?. ¿No había reservado nada más para ella en este mundo terrenal, al cual tan sólo había rozado?

Pero Zaltor no venía a llevársela a pesar de todo el dolor, miedo e incomprensión que la invadía. El tiempo pasaba cruelmente lento. Su alma deseaba ansiosamente que aquella vorágine de tortura acabara en algún momento u otro, si no moría en el transcurso. Sólo podía esperar el desenlace.

Pensó en su padre. Al día siguiente se la encontraría muerta en la cama y nadie podría decirle qué le había pasado. El pueblo la lloraría. y Devin ..., aquel muchacho que para todo tenía una respuesta y al que tantas veces había reprendido... ¿Qué pensaría Devin? ¿La echaría de menos?

Miró con ojos acuosos y turbios uno de sus brazos temblorosos y lo frotó distraídamente. La sensación de hormigueo dio un mínimo signo de ir disminuyendo. La presión de la sangre ya no era tan fuerte.

Se frotó los ojos y ocultó la cara entre sus manos. Permaneció de esta manera algún tiempo más hasta que los temblores dejaron de sacudirla y el latido del corazón le permitió volver a escuchar el silencio de la noche.

Eleanor jamás había podido decirle lo que realmente sentía por él. Bajo una máscara de continuos reproches, había ocultado habilidosamente un sinfín de sentimientos aún por descubrir, sobre todo para ella misma. Y ahora, tal vez fuera demasiado tarde para todo.

Levanto la vista y una mirada más enfocada le devolvió una imagen de su habitación más estática. Las paredes no se inclinaban y el techo ya no parecía caérsele encima. La ligera brisa que entraba por su ventana refrescó por primera vez sus forzados y doloridos pulmones, y secó su sudor.

Increíblemente y en contra de todas sus creencias, había sobrevivido a una de las experiencias más terroríficas y desquiciantes de toda su vida. Pues jamás hasta ahora había sentido nada ni lo más remotamente parecido.

Con una sensación de extraña irrealidad, Elen vertió las lágrimas que no había derramado antes. Exhausta y vacío su interior de toda emoción, se quedó dormida hasta que los rayos del sol se filtraron por su ventana abierta.

Damar hirvió un poco de agua y vertió en el cazo metálico un puñado de hiervas. El vapor humeante extendió un aroma dulce en el ambiente. Esperó a que el agua tomara un color dorado y lo apartó del fuego. Llenó con el brebaje filtrado una taza de cerámica y se la ofreció a su hija.

Los ojos claros de la muchacha estaban velados y su tez rosada y aterciopelada, presentaba aquella mañana una apariencia macilenta. Eleanor, que había dormido unas 4 horas seguidas de puro agotamiento, le había relatado ya todo su padecimiento de la noche anterior.

-Elen, cariño –La voz de su padre sonó protectora-. He mandado a Devin a buscar al Señor Junab para que te visite, como me pediste. Tal vez tarde en llegar. ¿Por qué no intentas dormir un poco en cuanto te tomes la infusión?

Elen negó con la cabeza y su desmañada trenza terminó de deshacerse.

-No puedo, aunque me siento tremendamente cansada. Mi cabeza está embotada y sin embargo, no me atrevo a cerrar los ojos –dijo con un hilo de voz-.

Damar, suspiró, apenado. Se sentó en una de las sillas de la cocina.

-Aunque le doy vueltas intentando comprender todo lo que me has contado -confesó-, no consigo encontrarle una explicación ¿Estás segura de que no había nadie fuera? Tal vez por eso te asustaste y sentiste miedo; no es nada por lo que tengas que avergonzarte.

Eleanor, que estaba derramada en otra silla echó su cuerpo hacia delante con notable esfuerzo.

-No padre, te repito que estaba sola –lo miró a los ojos y añadió-. Además, no fue sólo miedo; Fue.... terrible. No sé cómo hacerme comprender pero, no he sentido nunca tanto pánico en mi vida ¡Jamás! Pensaba que iba a morirme.

El hombre, se revolvió los blancos cabellos y se encogió de hombros.

-No sé qué decirte hija -titubeó-. Me gustaría poder ayudarte y no sé qué hacer. Lo que me cuentas es sorprendente para mí. Tal vez el Señor Junab pueda aclararnos todo esto.

Unos golpes secos sonaron en la puerta de entrada.

-Parece que ya está aquí -dijo levantándose para abrir.

Detrás de la puerta apareció un hombre bajito y regordete, de mediana edad, con el rostro pulcramente afeitado. Llevaba un sombrero gris oscuro sobre su calva cabeza, y una capa de viaje ocultaba un traje del mismo color. En su mano derecha llevaba un pequeño maletín de cuero blando, que parecía muy pesado. Devin, estaba a su lado.

-Querido Damar –lo saludó con voz grave, y estrechándole la mano al entrar- ¿Qué le ocurre a esa hermosa criatura?. ¡Este muchacho me ha hecho correr hasta quedarme sin aliento!

Devin, vestido con una camisa blanca y unos pantalones remangados, que no le llegaban hasta los tobillos, entró tras él y cerró la puerta.

-Siento haberle tenido que molestar a estas horas tan tempranas –se excusó su anfitrión-, pero Eleanor ha insistido en que lo llamara.

Ambos hombres tomaron asiento en el salón.

-Vera, Señor Junab –le explicó Damar, una vez acomodados-. Eleanor me ha contado esta mañana haber pasado un miedo espantoso durante la noche. Y aunque insiste en que estaba completamente sola cuando le sucedió, yo no soy capaz de encontrarle ningún sentido –y agregó encogiendo sus hombros-. La única explicación que me resulta más lógica, es que realmente alguien la hubiera asustado desde el otro lado de la ventana. Algún posible ladronzuelo, bromista... no lo sé.

Junab alzó sus expresivas cejas blanquecinas.

-Entonces, no comprendo por qué me han llamado –respondió éste, sorprendido-. Tal vez deberían haber avisado a los guardias para que echaran un vistazo al exterior de la casa.

Devin sacudió la cabeza.

-Eleanor asegura no haber visto a nada ni a nadie a través de ella. Y además, está convencida de que sufre una grave enfermedad –le informó-. Por eso le hemos llamado.

-Ummmm... vaya, vaya –meditó Junab rascándose la calva cabeza bajo el sombrero-. Sé de algunas hierbas que tras ingerirlas producen un tremendo malestar, aunque normalmente no están al alcance de todos y en cualquier mercado. De hecho, tan solo las usamos nosotros y ciertos clérigos que las utilizan para comunicarse con sus dioses.

-Yo soy un simple posadero que cuenta sólo con las especies necesarias para su oficio –comentó Damar mostrando las palmas vacías al sanador-. No conozco ni poseo ninguna de esas extrañas hierbas. Eleanor no ha tomado, con seguridad, nada de eso.

Junab asintió y guardó silencio unos instantes antes de preguntar.

-¿Me puede decir, por último, si cenaron ayer copiosamente?. No es la primera vez que atiendo a alguien a quien los excesos le hayan producido un profundo dolor o desorientación.

Damar, volvió a negar las palabras del hombre.

-Ambos cenamos ayer un caldo caliente, como los que suelo preparar todas las noches. Nada más.

-Estoy completamente a oscuras –admitió Junab tocándose la barbilla-. Será mejor que le eche un vistazo a la muchacha. Sin más datos no puedo hacer ninguna conjetura.

Damar lo llevó hasta la cocina, agradecido.

Los tres hombres se encontraron frente a Eleanor, desprovista de toda emoción en su pálido rostro. Los miró a todos alternativamente sin levantarse de la silla y saludó escuetamente al recién venido con un asentimiento de cabeza. Parecía que no tenía energías para realizar ningún gesto más complejo que ese.

-Hola querida -le habló el sanador amablemente, dejando el maletín en el suelo-. ¿Cómo te encuentras?

-Cansada –contestó escuetamente y arrastrando las palabras.

Junab asintió y se volvió hacia los dos anfitriones:

-Caballeros, si me permiten, voy a examinar a la joven –informó-. Háganme el favor de esperar fuera -Y diciendo esto cerró la puerta, dejando a Damar y al muchacho a solas en el salón.

Devin comenzó a dar vueltas en círculo mientras el tiempo pasaba con inexorable lentitud. Las voces de Eleanor y el sanador se escuchaban débilmente a través de la puerta. Y aunque su sentido del oído era muy agudo, no podía entender lo que estaban diciendo.

Damar lo observaba, igualmente inmerso en sus propias cavilaciones. Le constaba que el muchacho estaba tan preocupado por Eleanor como él mismo. Cuando nada más llegar a la posada, vio sus puertas cerradas, se encaminó hasta la casa intuyendo que algo importante había ocurrido. Al encontrarse a la muchacha casi desmayada y tan pálida, un torrente de inconexas preguntas brotó de sus labios.

Eleanor, que no tenía ni fuerzas para explicarse por segunda vez, le pidió entonces que mandara a buscar al señor Junab. Por el poco tiempo en que este había vuelto acompañado del sanador, era evidente que se había dado mucha prisa.

La puerta de la cocina se abrió un poco más tarde, dando paso al señor Junab. Su expresión podría definirse como contrariada. El hombre habló, mientras se ajustaba la capa, preparándose para salir de la casa.

-Después de realizarle una revisión general, les puedo decir que Eleanor está un poco agotada tras haber pasado la noche en vela, pero no hay nada en su cuerpo que me lleve a pensar que esté enferma. Y como bien ustedes me comentaron antes, su mayor queja es el inexplicable terror que ha vivido.

Damar parecía desorientado.

-¿Qué es lo que cree usted que le ha sucedido, entonces? –inquirió Devin al señor Junab-. Si realmente nadie la ha asustado, ni ha tomado ninguna hierba extraña, y usted nos asegura que ella está perfectamente... ¿De dónde viene ese miedo tan exacerbado?

-Yo no he dicho que esté perfectamente –rebatió Junab sopesando una idea que le había venido a la mente mientras hablaba con la joven, en privado. Una extraña similitud con un caso en el pasado, le había puesto en alerta.

-No le entiendo –Damar lo miró de hito en hito.

El sanador retrocedió en su avance y se dirigió de nuevo hacia la cocina. Eleanor parecía no tener ninguna intención de moverse de allí.

-Un momento, por favor –le rogó a la joven, cerrándole la puerta para que no pudiera escuchar lo que tenía que decir. Volvió a tomar asiento en un sofá cercano y les explicó a ambos hombres, que continuaban perplejos.

-Hace mucho tiempo fui testigo de un suceso como este, cuando yo era sólo un aprendiz -les explicó con gravedad en su voz-. También se trataba de una mujer joven. Recuerdo que mi maestro y yo, la examinamos minuciosamente. Tras habernos expuesto una situación similar, no encontramos ningún indicio claro, igual que ahora, que diera una explicación plausible a su afección. Tiempo después –continuó diciendo-, su marido nos mandó llamar afirmando que su mujer había vuelto a padecer otro “episodio” parecido, estando incluso en su propia presencia. Nos relató, sorprendido, cómo aquella fue presa de un increíble terror, a plena luz del día y mientras se ocupaba del cuidado de sus hijos pequeños en la casa.

-¿Dice usted que estaba realizando una tarea normal y corriente cuando le sucedió lo mismo que a Elen? –quiso saber Damar.

-Así es –asintió Junab, apesadumbrado-. Desgraciadamente, ni su marido ni nosotros mismos, fuimos capaces de evitar que aquello continuara sucediéndole –Hizo un ademán con las manos-. Le pedimos a éste que vigilara todo lo que ingería, por si alguna sustancia desconocida fuera la causa, pero no tuvimos tampoco mucho éxito.

-¿A qué conclusión llegaron? –preguntó Devin-. Porque supongo que tuvieron que hacerse una opinión...

Junab, resopló. Estaba empezando a sudar. Escogió con cuidados sus palabras, pues sabía que lo que tenía que decirles iba a impactarles rotundamente.

-Como les digo, no encontramos nada anormal en su cuerpo –repitió haciendo especial hincapié en aquellas dos palabras. Y añadió-. La única explicación que hallamos para sus síntomas, fue que el mal estaba...

Sacó un pañuelo blanco del abrigo y se secó la frente. Mientras lo guardaba de nuevo en el bolsillo terminó la frase con el semblante compungido:

- ... en su espíritu.

El contenido de aquellas palabras, como bien había intuido, dejó a ambos sumidos en el más absoluto estupor. Damar palideció como si hubiera visto un fantasma.

-Cuando entendimos que nuestra labor había terminado y que no podía extenderse más allá de administrarle algunas hierbas con efectos calmantes –continuó diciendo Junab muy despacio-, pensamos que lo mejor era mandarla a otro tipo de personas más especializadas en este tema, que nosotros.

Se hizo un tenso silencio entre los tres hombres, que se rompió de nuevo tras la voz ronca de Damar:

-¿A qué clase de personas se está refiriendo?, ¿a los sacerdotes?

El sanador asintió y frunció luego los labios.

-Hay dos tipos de clérigos a los que nosotros solemos recurrir -explicó-: Unos son los clérigos servidores del Dios de la Vida, Daeris. Las otras son las sacerdotisas de Asrial, Diosa de la Fortuna y la Sabiduría. Algunos familiares, suelen acudir a los primeros cuando les decimos que no podemos hacer nada más por sus parientes. Entonces pagan cantidades extraordinarias de dinero para que estos los atiendan, buscando una segunda oportunidad. Las personas con enfermedades en su alma, tienen por otro lado la posibilidad de presentarse ante las sacerdotisas.

Damar se arrellanó en el sillón, tomando conciencia de que aún no estaba todo perdido. No obstante, el semblante de Junab seguía serio.

-Entonces, ¿hay algún impedimento para acudir a ellas? –le interrogó-, ¿Cobran también cantidades desorbitadas?

Junab sacudió la cabeza.

-No, no. Precisamente la labor de las sacerdotisas es casi caritativa. Piden una cantidad moderada para sobrevivir y mantener el Templo a su vez. Sin embargo, y precisamente por esto, las personas que viajan hasta sus puertas son muchas y la mayoría no pueden ser atendidas hasta meses después –precisó-. Además, el Templo de Asrial está casi a una semana de viaje, en Merfis.

Devin alzó una ceja, al decir:

- ¿Y qué otra opción hay?. No veo ninguna más.

Junab se asió la barbilla y carraspeó.

-Tal vez tengáis suerte –y les explicó-. Hay una mujer más cerca de aquí, que también recibe a las personas con una dolencia en su alma. Curiosamente, tan sólo trata a aquellas que han mostrado unos síntomas similares a los de Eleanor –apuntó-. Desconozco si es o no una sacerdotisa. Aunque lo más probable es que lo haya sido y se haya retirado por algún motivo. Sólo otro par de curanderos y yo sabemos de sus prácticas, si bien los rumores se están extendiendo cada vez más.

-¿Fue a esta señora a quien envió la muchacha? -preguntó Damar de nuevo.

-Así es. Por lo que a mí me consta, vive con su marido en los Valles de Numol. Parece que son un matrimonio muy amable. Ambos se sostienen gracias a la fortuna que éste recaudó de joven. Dicen también que ella es una mujer muy bella, aunque ya entrada en años.

Damar miró a Devin y ambos intercambiaron una mirada de alivio. Fue Damar quien continuó preguntando, el ambiente cada vez más distendido.

-¿Cree usted que podrá curar a Eleanor?

-Bueno... -siguió Junab también menos tenso que hace unos minutos-, es una mujer que ha viajado mucho por el mundo. Tanto por occidente como por oriente. No conozco sus métodos, pero me parece que no necesita ningún brebaje para realizar sus curaciones. Se sirve tan sólo de sus conocimientos. Son sus éxitos los que la han hecho popular entre mis colegas de oficio.

¿Es eso posible? –preguntó Devin, confuso-. Yo tengo entendido que, incluso, el poder de las sacerdotisas tiene su fuente en la diosa. Nadie puede realizar tales curaciones sin brebajes o un mínimo apoyo divino. ¿Cómo se puede pretender sanar el alma tan sólo con unas simples palabras?

-No niego ni apoyo esos rumores, joven –contravino Junab-, y como digo, puede tratarse perfectamente de una sacerdotisa retirada que aún cuente con los favores de Asrial, aunque ésta ya no resida en el Templo. No obstante, los rumores van en otra dirección -El sanador se encogió de hombros-. Yo sólo os comento lo que sé.

Damar asintió, menos preocupado por aquella cuestión que el muchacho. Eran otras preguntas las que bailaban en su mente.

-¿Averiguó por casualidad, si ésta pudo curar a la chiquilla?

Junag chascó la lengua.

-Lamentablemente, no puedo estar pendiente de todas las personas que atiendo –y ratificó-. No sé qué fue de ella.

-Si fuera su hija la que se encontrara en estas condiciones, ¿usted la llevaría ante esta mujer?

-¿Por qué no?. No tendría nada que perder... y tal vez sí mucho que ganar.

Tras un corto silencio, el sanador se levantó de su asiento dando a entender que ya había cumplido con su labor, y se ajustó la capa para salir de casa. Ya estaba abriendo la puerta cuando Damar le hizo una última pregunta.

-¿Podría decirnos cuál es el nombre de esta misteriosa mujer?

-Por su puesto. Su nombre es Briana.

Mundos Paralelos

Nota de la autora (Dalthea): Este es mi último trabajo, todavía sin terminar. Un día se me ocurrió que tal vez fuera viable escribir un libro de autoayuda para todas aquellas personas que han padecido el miedo, las fobias y el pánico, en el cual se mezclaran los ambientes medievales como marco de fondo. Los personajes narran las situaciones más habituales de estos padecimientos de la manera más fiel que he podido. Todavía necesita muchos retoques y harían falta muchos capítulos para plasmar las variadas técnicas de relajación, métodos o situaciones que suelen darse en la vida real. Sin embargo, creo que es un proyecto en bruto muy interesante y que merece la pena pulir.


Aquí os cuelgo lo que llevo escrito de momento. Y espero que ayude al que lo lea, pues esa es la finalidad principal de este libro.


Gracias a todos por leerlo.


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MUNDOS PARALELOS

PROLOGO



La humedad que las rocas habían filtrado durante aquellos doscientos años, había lavado la superficie de las paredes del inmenso y enrevesado sótano, convirtiéndolas en un mosaico de formas desiguales y redondeadas. La profundidad a la que se encontraba era tal que tan sólo la oscuridad más densa habitaba sus recovecos, y las tres adeptas del Templo de Asrial se habían asegurado de disponer de dos candiles y varias velas, temiendo que el exiguo aire que respiraban, les dificultara el prender estas últimas.

Vania, más adelantada que sus dos compañeras, se cubrió aún más con la gruesa capa de lana y ocultó su rostro bajo la protección de la ancha capucha. El frío entumecía sus jóvenes huesos calándola hasta la mismísima médula, y el olor a moho era insoportable. Sin embargo su determinación era firme y estaba dispuesta a avanzar a pesar del inhóspito subterráneo.

-Deberíamos, volver –dijo Sasmara, con voz trémula tirando de los ropajes de la atrevida muchacha-. Este lugar me da escalofríos.

-Ya te he dicho que no nos va a pasar nada, miedica -repuso la primera en tono cortante y con desafío, girando a la derecha en uno de los pasadizos-. Y no me interrumpas con más quejas si no quieres que nos perdamos aquí dentro.

La tercera, cuatro años menor que las otras, no pudo reprimir un estornudo y el eco agudo del mismo rebotó en las paredes, magnificándose el sonido. Si la chiquilla hubiera podido ver la mirada de desdén que rezumaron los ojos castaños de su guía, se hubiera detenido y dado la vuelta al instante.

-Sasmara –la llamó, presa de una ira mal contenida-. ¿Por qué demonios has tenido que traer aquí a la huerfanita?. Seguro que acaba trayéndolos problemas. Ya te dije que la dejaras en la habitación.

La novicia sacudió la cabeza y unos bucles cobrizos aparecieron bajo la capucha. Los halos de luz de una vela que sostenía en su mano derecha se reflejaron en ellos, de manera que la escena cobró un aspecto de aterradora irrealidad.

-No seas tan cruel con ella, Vania –la reprendió sin atreverse a levantar demasiado el volumen de su voz, conociendo el carácter nada apacible de la otra-, sólo es una niña.

-Pues entonces contrólala y que no haga más ruido –espetó la adepta de más alto rango concentrada en recordar el camino que había recorrido la noche anterior y memorizado en su mente con precisión-. Si las sacerdotisas nos descubren aquí abajo no quiero saber el castigo que nos caerá. En cierto modo, vamos a transgredir la ley más sagrada de todas.

El paso se hizo más estrecho y las tres muchachas tuvieron que ponerse una detrás de otra. Sus figuras encapuchas y de mediano tamaño, se recortaron claramente contra las heladas y resbaladizas piedras que entumecían sus costados. La última, apenas alcanzaba en altura los hombros de sus compañeras.

Vania, continuando a la cabeza, fue seguida muy de cerca por Sasmara. La pequeña adepta, de tan sólo ocho años de edad, se agarró fuertemente a su capa, intentando no soltarse de su protectora. La desorientación, el miedo y la acuciante sensación de estar cometiendo un grave error, desbordaban su mente infantil.

El aire se hizo más pesado a medida que avanzaban, y la llama de la vela que Sasmara agarraba como si fuera un objeto de salvación, titiló débilmente hasta que segundos después se apagó por completo. La oscuridad se hizo plomiza y sus pies tropezaron con los de la astuta muchacha.
-¿Seguro que sabes el camino? –preguntó Sasmara con voz trémula y percibiendo que el frío de aquel lugar perdido del abrazo protector de la diosa, le hacía rechinar los dientes -. Ya deberíamos haber encontrado La Puerta Secreta, ¿no?

Vania no respondió, demasiado ensimismada en decidir si ahora debía continuar en la misma dirección o desviarse hacia la izquierda. Estaba completamente segura de que había seguido exactamente la misma ruta que hacía veinticuatro horas. Entonces, se detuvo y se agachó en cuclillas para poder iluminar mejor las losas del suelo con su candil. El trazo de unas líneas rápidamente dibujadas, apareció borroso bajo un delgado charco de agua recién formado. Una sonrisa de triunfo asomó a sus finos labios.

-Aquí esta –dijo hablando para ella misma-. Debería encontrarse... –se incorporó velozmente, avanzó cinco pasos perfectamente medidos hacia su izquierda, y luego dijo como si hubiera desvelado el misterio de un juego de magia-, justamente aquí.

Vania alzó su delgado brazo y la luz se proyectó sobre un arco semicircular, labrado en una madera de tono opaco. Los tablones de la puerta estaban gastados y una ligera arenilla blanca parecía indicar que las insidiosas termitas habían dado cuenta de buena parte de su interior. Desde luego, aquella no parecía una puerta más magnífica que la del trastero viejo y ajado de su padre. Sasmara frunció el ceño, sospechando que su compañera le estaba gastando una broma pesada.

-Ya sé lo que estás pensando – dijo Vania, todavía con el orgullo brillando en sus pupilas como ascuas al rojo–, pero lo que vas a ver ahora te dejará sin aliento.

La joven de bucles cobrizos, encendió el otro candil que llevaban como si su resplandor pudiera imbuirle algo de entereza. Bajo su fulgor, pudo discernir cómo el rostro de la más pequeña estaba aterido de terror y tan pálido como un cadáver. Ni siquiera se había atrevido a soltar su túnica y mantenía sus dedos fuertemente cerrados en la tela.

-Vania, todavía podemos volver –sugirió-. Lo que estamos haciendo es muy peligroso y tampoco sabemos si funcionará.

-¡No me salgas con esas de nuevo!. Ahora no estamos para lecciones morales –le recordó agriamente-. Da la vuelta tú si quieres, pero yo no he llegado tan lejos para irme sin echarle aunque sea un vistazo.

-Pero tú eres la única que conoce el camino...

-¡Entonces cállate ya y deja de lloriquear! –su voz sonó como el chasquido de un látigo-. Ahora, apartaos tú y la huerfanita, y dejadme hacer.

Sasmara retrocedió unos pasos lentamente, cubriendo con su cuerpo el de la niña, que la imitó torpemente. Desde la prudente distancia, observó como la obstinada joven sacaba un saquito de diminuto tamaño del interior de su atuendo y tiraba del cordoncito dorado que lo mantenía cerrado. Sin pensárselo dos veces, Vania introdujo los dejos dentro del mismo y sacó un puñado de lo que parecía ser un polvo finísimo. Retrocediendo ella también un paso largo, se centró delante de la fea y tortuosa puerta, y los lanzó sobre sus tablones mientras entonaba con claridad unas extrañas palabras. A su término y sabiendo lo que iba a pasar a continuación, hizo un gesto a sus compañeras de que se cubrieran el rostro y cerraran los ojos.

El efecto del cántico fue casi instantáneo y una luz tan cegadora como diez lunas, estalló de la nada en todas direcciones. Pese a la protección elemental con la que habían protegido sus ojos, la deslumbrante luminiscencia atravesó con tremenda facilidad todos sus sentidos, produciéndoles un agudo dolor en todo su ser. Después de un tiempo que no supieron calcular, los haces de luz perdieron parte de su brillo y las tres discípulas miraron aturdidas la escena que aparecía ante ellas.

El grotesco marco que otrora daba sostén a los tablones, refulgía ahora de manera sobrenatural y había perdido su esencia sólida, tornándose etéreo y muy vivo. Su tono frío y cambiante, como de la más pura plata fundida, les mostró un interior desconocido e inmenso, pues donde antes habían estado los listones, ahora sólo restaba un vacío negro y de enorme atracción.

Vania fue la primera en reaccionar al tremendo fogonazo de luz y cruzó el umbral de inmaterial consistencia con una avidez casi obsesiva. Sasmara vaciló en seguirla, intuyendo en lo más hondo de su alma que al atravesar La Puerta Secreta, custodiada por la Gran Matriarca, y sin embargo libre hoy de su vigilancia, traería nefastas consecuencias tanto para ellas como para el resto del mundo. Volviéndose hacia la chiquilla, que no se había movido un ápice, le dijo dudando sobre la veracidad de sus propias.

-Tu quédate aquí. No te preocupes, no pasará nada –y mirando de soslayo hacia dentro añadió-. Si oyes cualquier ruido, avísanos y saldremos lo antes que podamos. No tengas miedo.

La niña asintió con la cabeza y observó atenazada cómo su protectora entraba también en la negrura de aquella vorágine, dejándola sola por completo, con la única compañía del candil. Se dejó caer luego sobre el suelo mojado y apoyó su pequeña espalda contra la húmeda pared. El frío pareció aumentar repentinamente y sin poderse controlar, su cuerpo tembló como una hoja arrastrada y rota por el viento. El olor del moho se infiltró por sus fosas nasales, sumiéndola más aún en el desamparo y la incertidumbre. Juntando sus manitas en actitud contemplativa, agachó su cabeza y rezó, tartamudeando por la baja temperatura, una oración a Asrial, Diosa de la Fortuna y la Sabiduría. En su inocencia, advirtió con ironía, que todo lo que estaba sucediendo aquella noche, no tenía nada de sabio ni afortunado, y que era un acto de total descreimiento demandar el amparo a quien precisamente estaban profanando uno de sus habitáculos sagrados. No obstante, no sabiendo a quien más dirigir sus ruegos, recitó los párrafos de una plegaria básica pidiendo su protección en aquella hora aciaga.

En aquellos precisos instantes, Phaemila, la más anciana y alta sacerdotisa de Asrial, que oficiaba la ceremonia de la Transmutación en coordinación con sus discípulas de más alto nivel, en el gran salón de mármol, interrumpió sobresaltada el canturreo de las frases arcanas que vocalizaba. Un terror enorme, recorrió sus viejos y cansados huesos con una fuerza inhumana. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y su cuerpo se desplomó ante la atónita mirada de las hermanas. La imagen de la Puerta Secreta, evanescente ante su intenso fulgor, apareció en su mente antes de...

La oscuridad.




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